Ideas de lo sagrado – Parte I.

 


Ideas de lo sagrado – Parte I.

Era una niña pequeña que no dimensionaba el tiempo ni le interesaban los calendarios, así que no recuerdo el año preciso en que pregunté por el significado de mi nombre, pero sí evoco, con mucha claridad, aquella conversación y las reflexiones que a lo largo de mi vida se derivaron de allí.

Mi papá, para ese momento un cristiano protestante devoto, me explicó con mucha seguridad que Daniela era La variante femenina del nombre hebreo “Daniel”, que provenía de la unión de dos palabras: dan (juzgar) y El (Dios). En suma, traducía algo así como "Dios es mi juez" o "la justicia de Dios".

A partir de ahí, y sin darme cuenta, se activó un mecanismo en mí que asoció, irremediablemente, la idea de lo justo con lo sagrado. Más que una asociación simple y pasajera, integré estos dos conceptos a ese conjunto de rasgos, creencias y valores que me definían. Las enquisté, a falta de un mejor término, a mi identidad.

En mi primera infancia, aquella conversación con mi papá ayudó a consolidar la convicción de que todo buen creyente debía defender la justicia, que era la esencia misma de Dios. Fue entonces cuando me volví una niña mediadora de conflictos entre sus compañeritos del jardín y que se enfrentaba a puño limpio con los bravucones de primaria, hasta que los presbíteros del colegio decidieron expulsarme.

Mi papá no tardó en añadir que quien juzgaba era Dios y no debía ser yo quien reivindicara su justicia por mano propia, aun si sentía rabia, porque era Él, y solo Él, el único con la benevolencia suficiente para administrarla, el que se reservaba la última palabra. Esta aclaración ajustó mi representación de Dios a una especie de Papá Noel, muy viejo y muy sabio, que actuaba de formas misteriosas para los humanos, pero que siempre tenía un as bajo la manga, porque la venganza, me decía, es un plato que se sirve frío.

Se trataba, al fin de cuentas, del mismo Dios que le otorgó el discernimiento a Salomón para ordenar, en un pleito entre las dos presuntas madres de un niño, que partieran  a la criatura por la mitad y se la dividieran, anticipando que la verdadera se mostraría como aquella que renunciaría a la custodia del niño, si eso ponía fin a la sentencia fatal. Desde ahí comencé a conciliar la idea de un Dios cruel en apariencia, pero que, llegado el momento de la verdad, no habría llegado a permitir un infanticidio.

Pero esa idea poderosa del Dios justiciero no se quedó ahí:  su sabiduría estaba acompañada de una hipervigilancia que lo dotaba de saber qué hacía quién, a todas horas y en todas partes. Recuerdo que no me pareció justa esa asimetría: me sería imposible defenderme de los cargos de un Dios que tenía conciencia no solo de todo lo que he hecho sino lo que estoy haciendo y lo que iba a hacer, incluso antes de que yo misma lo supiera. ¿Realmente podía hablarse de justicia, de una oportunidad siquiera, si ya todo estaba dicho y hecho?

Recuerdo que mi papá me introdujo al concepto de “libre albedrío”, esa capacidad humana que no tenían los animales para tomar decisiones, elegir entre distintas alternativas y actuar por propia voluntad, sin estar condicionados de forma absoluta por el destino, la herencia o la intervención divina. Fue así como me explicó que Lucifer se convirtió en el diablo cuando decidió creerse superior a Dios – aunque yo me preguntaba si un simple regaño no habría bastado para acabar de una vez con ese antagonismo eterno, como cuando mi mamá reprimía mis rebeldías porque en esta casa mando yo-.

También me explicó que Adán y Eva decidieron deliberadamente probar del fruto del conocimiento del bien y del mal – aunque a mí no me resultara tan malo saber y sí me pareciera absurdo que nos heredaran las consecuencias de su conocimiento malhabido -. También me explicó que los que perecieron en el diluvio universal eligieron no creerle a Noé – aunque contradijera toda evidencia para la época–  y que era sensato pedirle a Abraham que sacrificara a su único hijo engendrado en la vejez para demostrar su amor a Dios – porque Dios haría lo mismo por la humanidad, muchos siglos después, decía. ¿Qué necesidad? ¡Cuánto derroche de poder!

El punto es que, con el propósito de explicar el mal y el sufrimiento en el mundo, me ejemplificó  una larga sucesión de eventos que en más de una ocasión se me antojaban irresistibles e inevitables, como si, a la manera de Edipo Rey, los personajes bíblicos no pudieran escapar de un inexorable destino, el de probar la autoridad ordenadora y castigadora de Dios.

Recuerdo reclamarle a mi papá por lo que ahora entiendo como la agencia humana, pero resolvió mi cuestionamiento asegurando que si bien Dios había sido severo, incluso impulsivo en la forma de componer el mundo y disponer de la creación, en su justicia y bondad daba segundas oportunidades para el que decidía tomarlas. Me pareció clarísimo: es como cuando mi mamá nos ofrece levantarnos el castigo si hacemos planas. Solo que esta vez no se trata de escribir toda la tarde “No debo desobedecer a mi mamá” en un cuaderno de cincuenta hojas doble rayado, sino no de escribirse para siempre el credo en el corazón.

Fue por aquella época en que viví por vez primera la sumisión casi absoluta: de la misma forma en que acepté que en la casa de mi mamá mandaba ella, con el derecho de impartir su ley sobre nosotras, sus hijas, acepté también la idea de que Dios configuró el universo a su manera  y aplicaba la justicia a la medida de su parecer. A fin de cuentas, había esperanza: si nuestra mamá nos consolaba con una chocolatina tras una reprimenda, Dios nos había castigado, sí, pero también nos había dado una ofrenda de paz – su hijo -, para demostrar que iba en serio con aquello del “borrón y cuenta nueva”.

 Con la creencia de que la deidad vindicadora y omnisciente descendería del cielo para juzgar a vivos y a muertos por igual, experimenté, sin saberlo, la muestra más concreta de su poder: la de lograr modificar mi comportamiento: dejé de enfrentarme a los bravucones y me convertí  en una niña callada y obediente, la alumna excelente que luchaba contra el impulso de su egoísmo, de mentir y de ocultar, porque se había convencido de que a Dios no se le escapaban ninguno de sus movimientos y le haría pagar bien caro por ellos, un día no determinado, pero cierto.

En compensación por el sometimiento de mi voluntad, mi devoción me condujo al placer del éxtasis religioso, al sentido de pertenencia y comunidad y a la dopamina pura de conocer algo que a otros niños les estaría vedado porque “muchos eran los llamados y pocos los elegidos”. Pero sobre todo, hallé refugio en la maravilla de contemplar el universo y la vida explicables sólo por el diseño de un arquitecto misterioso, sí, pero inalterablemente justo que daba tanto como quitaba al mundo, en una especie de equilibrio cósmico.

Así continué hasta la adolescencia, en una rendición poderosa, sí, pero que se desgastaba con la repetición del reflejo y se erosionaba con cada cuestionamiento que surgía, que ironía, entre más conocimiento iba ganando. ¿Cómo así que fue Dios quien el que endureció el corazón del Faraón para que este retuviera al pueblo de Israel en Egipto? ¿cómo así que el pueblo egipcio tuvo que padecer diez plagas continuas por cuenta de esta decisión que estaba previamente sembrada para enseñar una lección de humildad que bien habría podido ilustrar de otro modo? ¿cómo así que el Estado de Israel de los años 2000 -luego comprendí que desde mucho antes y aún mucho después - mataba a niños palestinos de mi edad bajo el pretexto de que la tierra en la que vivían les había sido prometida hacía milenios?  ¡No puede ser!

Pero no fue hasta comienzos de mis estudios universitarios, en clase de Lógica Matemática, que la cosa se tornó insostenible y mi fe se resquebrajó de tajo. Tantas injusticias acumuladas no solo en la biblia sino, también, en las noticias, en las instituciones, en el barrio y hasta en mi casa estaban apuntando a una única cosa:  “Si existe lo divino, debería ser compatible con la justicia, la compasión y la dignidad humana” esas eran la premisa y la conclusión iniciales. A contrario sensu – y esa fue una expresión que aprendí estudiando derecho, otra muestra de mi obsesión con la idea de justicia 😉-, la NO justicia, la NO compasión y la NO dignidad humana, indican la incompatibilidad con lo divino, luego lo divino no existe”. En ese momento, algo se derrumbó dentro de mí. No sólo maté a Dios: sentí que las ideas que hasta ese momento tenía de lo sagrado, y quien yo era, morían también con Él.

                                                                                                                                                           DCSM

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