Quitarse las máscaras




Llevaba unas semanas con un pensamiento recurrente sobre Turandot, una ópera de Giacomo Puccini que tuve el agrado de ver hace varios años. La protagonista Turandot era una princesa china exotizada hasta más no poder, una chica despiadada que no vacilaba en ejecutar a sus pretendientes, a quienes sometía a difíciles acertijos a cambio de su mano – o de la muerte, si fallaban en el intento de conquistarla. Era una trama simple y caprichosa, que, sin embargo, me estuvo invadiendo sin saber por qué volvía de tanto en tanto a mi cabeza.

No había mayor rollo: se trataba de una historia al estilo de Disney: el príncipe extranjero Calaf prueba su inteligencia, coraje y determinación, y resuelve los tres acertijos de la cruel princesa, y este termina casándose con ella, final feliz, simple y predecible, si me preguntaban en ese momento.  Admito que cuando vi la obra por primera vez me encontraba en un momento de cinismo frente al amor y las relaciones. Todo lo que reprodujera los ideales del amor romántico me parecía, cuanto menos, ingenuo y estúpido. Este par de principitos superficiales no tenían nada nuevo qué aportarme, pero, ¿por qué volvían a mi mente? ¿De qué detalles me perdí aquella vez?

Años – y amores – después – comprendí que el valor de esa obra radicaba en los simbolismos y en los significados ocultos tras las acciones de los personajes, más que en la sucesión de los acontecimientos como tal. La insensibilidad aparente de la princesa Turandot no era más que una coraza que escondía un trauma por el asesinato de una antepasada a manos de un príncipe extranjero, por lo que la princesa juró vengarse de todo hombre que intentara poseerla, desde entonces les impuso un desafío mortal que la protegía de la sumisión que se esperaba de ella en esa sociedad tan patriarcal.

Así, uno tras otro, una interminable sucesión de príncipes, atraídos por la belleza y el imperio de Turandot, iban perdiendo la vida en el reto intelectual de la princesa, que en su manto de inhumanidad, ejercía una manera de resistencia a la expectativa social de docilidad y abnegación que se esperaba de las mujeres de su época hacia sus maridos, una apuesta que no estaba dispuesta a correr, porque veía en el amor un sacrificio absurdo y desproporcionado, a costa sí misma. Turandot decidió que revertiría las suertes: los sacrificados ahora serían ellos. Con esta clase de mecanismos sí que podía identificarme, porque aunque mis miedos fuerana otros, el trauma también me había hecho desconfiar y esconderme tras una máscara de hipocresía para poder jugar al amor sin estar realmente dispuesta a perder – ni a ganar.

A Calaf lo leí mal: tras sus formas caballerescas, y su idealización romántica de la princesa de belleza legendaria, omití el significado profundo de ofrecerle una salida a Turandot: en lugar de exigir sus mano, por haber respondido con éxito sus tres acertijos, este la sorprende con un nuevo reto: si ella descubre su nombre antes del amanecer, él aceptará morir. Este simple gesto, que en ese momento me pareció un recurso dramático para extender la trama y engrandecer su hazaña, inadvertidamente desencadena el fin del ciclo de vengaza de Turandot, porque este hombre desconocido, que representaba la imposición, la violencia y la opresión, dio un paso al costado, y le permitió  decidir libremente, algo que ningún otro pretendiente había hecho jamás.

Después de esto sigue una de las arias más famosas de la música clásica: Nessun Dorma, en donde el príncipe, envalentonado por su nuevo desafío, pregona que ninguno duerma, ni siquiera la princesa, invita a todos a mirar las estrellas que tiemblan de amor y de esperanza, la misma que lo mueve a él y por la cual declara que al alba vencerá. Me parecía arrogante en aquel momento, que ya se declarara triunfador, y de todo corazón esperé que Turandot, al igual que la princesa del Enano Saltarín lograra adivinar el nombre de su chantajeador Rumpelstiltskin. Imploré por que acabara de tajo con las candorosas esperanzas de Calaf y se impusiera ante su desafío. ¿Quién se creía este aparecido, a fin de cuentas, para llegar a cuestionar la libertad de la princesa de no someterse a él?

Pero Turandot no consiguió adivinar su nombre, si bien ninguno en su reino de terror durmió aquella noche, tratando sin éxito de averiguar el nombre del príncipe extranjero que reclamaría su derecho a desposarla al amanecer. Me sentí derrotada con ella y me invadió la desesperación de la gélida princesa, resignada a su destino junto al pretendiente desconocido.

Pero algo cambió: una vez más, Calaf la sorprendió con un ofrecimiento descabellado: si ella no lo amaba, él le revelaría su nombre y dejaría que Turandot lo ejecutara. Lo que entonces me pareció un giro melodramático de los hechos, ahora lo veo como la muestra más absoluta de confianza y entrega que Calaf pudo hacer. No fue la inteligencia, el coraje y determinación de Calaf las que derritieron el corazón de hielo de Turandot: fueron la confianza depositada en ella y su entrega total las que la desarmaron. Por primera vez no era desafiada a través de la fuerza, sino a través del amor. Su crueldad, que era una máscara de libertad y poder femenino, ahora se revelaba como la jaula que la mantenía presa de los miedos que le impedían amar.

Turandot – y mi propia vida – me han enseñado que el amor tiene esa fuerza silenciosa pero demoledora: "De qué callada manera se te adentra sonriendo, como si fuera la primavera, uno muriendo, y de qué modo sutil te derrama en la camisa todas las flores de abril". "El amor llega sin mandar avisos, sin notificar y se apodera de lo más bonito, que puedas tener (…) el amor llega sin pedir permiso donde quiere entrar". El sentimiento es sobrecogedor y la consecuencia no es otra que bajar las armas y entregarse a la aplastante verdad de saberse amado, y de saberse capaz de amar. Hoy comprendo que nunca se trató de someterse al otro, sino de rendirse a la humildad de ese descubrimiento y dejarse apoderar de él.

En este punto, el príncipe proclama: “Soy Calaf, hijo de Timur”, entregándose por completo a la sentencia de Turandot. Pero ella no es la misma de antes: conmovida por el sacrificio y la nobleza de Calaf, la princesa es súbitamente transformada: ella declara que conoce el nombre del pretendiente desconocido, pero lo que revela es un descubrimiento más contundente, como el que yo tuve años después de ver la obra. Termina por decir que “Su nombre es Amor”, salvando su vida y enlazando la suya con la de él.

Mi invitación hoy es que nos atrevamos, como Calaf y Turandot, a quitarnos la máscara, a que queramos sin trucos, sin dobles agendas, sin más pretensiones que las de ofrecer la libertad al otro de querer y de ser querido. Eso es lo que realmente doblega todo orgullo y reserva, toda desconfianza e incredulidad. Eso es lo que hace que el otro también se quite la máscara y podamos reconocer nuestros rostros desnudos. Hoy escribo estas líneas, aturdida por lo irrebatible de mi verdad y la de Turandot, y espero que todos, en sus caminos y sus tiempos, se quiten las máscaras y sean embestidos por la avasalladora fuerza del amor.

                                                                                                                                                     DCSM

Comentarios

Entradas populares