Quitarse las máscaras
Llevaba unas semanas con un pensamiento recurrente sobre Turandot, una ópera de Giacomo Puccini que tuve el agrado de ver hace varios años. La protagonista Turandot era una princesa china exotizada hasta más no poder, una chica despiadada que no vacilaba en ejecutar a sus pretendientes, a quienes sometía a difíciles acertijos a cambio de su mano – o de la muerte, si fallaban en el intento de conquistarla. Era una trama simple y caprichosa, que, sin embargo, me estuvo invadiendo sin saber por qué volvía de tanto en tanto a mi cabeza. No había mayor rollo: se trataba de una historia al estilo de Disney: el príncipe extranjero Calaf prueba su inteligencia, coraje y determinación, y resuelve los tres acertijos de la cruel princesa, y este termina casándose con ella, final feliz, simple y predecible, si me preguntaban en ese momento. Admito que cuando vi la obra por primera vez me encontraba en un momento de cinismo frente al amor y las relaciones. Todo lo que reprodujera los ...